- Por Glen Rodrigo Magaña / HOMO ESPACIOS
Clase Turista
The Odyssey (2026) de Christopher Nolan, destaca no solo por su formato IMAX de 70 milímetros, también reaviva el debate sobre la vigencia del poema épico escrito por Homero en el siglo VIII a.C., obra monumental con cerca de tres mil años de antigüedad que funciona como un puente entre la filosofía de los cantos griegos originales y las angustias de la sociedad moderna, generando una recepción crítica y polarizada frente a su audaz reinvención del trauma bélico y la desmitificación de las deidades. Desentrañar cómo la visión del cineasta británico-estadounidense dialoga con la condición humana, la compleja estructura filosófica del texto base y el rico legado de adaptaciones cinematográficas previas que trazaron el camino hacia esta magna epopeya. Si La Ilíada muestra la traición de nuestras superficialidades, La Odisea es el caótico viaje de regreso a lo esencial.
El poema original de Homero se refleja en la actualidad como un profundo tratado sobre la perturbación y el peso de la existencia frente al trauma. El viaje del rey Odiseo resuena como la agonizante travesía del individuo moderno que intenta reconciliarse consigo mismo, tras ser fracturado por el caos del “neoexistencialismo social”, la exposición cotidiana a la violencia, así como el interno dividido, minado por sus propias abstracciones nihilistas, como una especie de tortura por el goteo del tiempo. Los obstáculos que enfrenta el héroe reflejan peligros contemporáneos palpables: los “devoradores de loto” encarnan la seducción moderna de la apatía y el escape de un oasis mental creado al que nunca logra acceder, mientras que las letales sirenas simbolizan el peligro de quedar atrapado en las “glorias del ayer” o en el dulce veneno de su cántico traducido en anhelos no cumplidos convertidos en frustraciones que apuñalan con una amarga culpabilidad y la parálisis existencial que esto provoca. A su vez, el joven Telémaco refleja la ansiedad generacional al sufrir un trauma heredado de sus padres, viéndose obligado a abandonar su hogar para buscar pistas de su propia identidad mediante el choque violento con el exterior.
La historia épica demuestra que el regreso al hogar es, en cierto modo, una ilusión, ya que el hombre que vuelve a Ítaca es un extraño marcado por la tragedia bélica y su propia casa se ha plagado de seres extraños en un entorno hostil, el abandono de lo intrínseco ha creado un vacío que poco a poco fue llenándose de enemigos y debe reconquistar demostrando en primer lugar su esencia y después eliminando cada uno de los pretendientes que buscan apoderarse de lo que realmente importa. En este contexto, la reina Penélope encarna el estoicismo, su táctica de tejer el sudario de día y destejerlo de noche es una rebelión directa contra lo que dicta la “vida moderna”, acatar el estilo de la virtualidad, el consumismo y las imposiciones sociales, políticas o hasta religiosas, demostrando que la paciencia absoluta de mantener la autenticidad es una forma de soberanía intelectual ante un mundo que intenta borrar su historia y eliminar al individuo para complacer el absurdísimo de los deseos ajenos. Odiseo consolida este existencialismo al rechazar la juventud y vida eterna ofrecida por la ninfa Calipso, asumiendo que una vida sin la inevitabilidad del final carece de significado y que el propósito humano se encuentra en aceptar su propio fin y vulnerabilidad, desde la resiliencia que como fruto divino regala la verdadera libertad… la del ser.
La carga filosófica del relato se despliega desde los primeros cantos de La Odisea, anticipando debates modernos sobre el determinismo y el libre albedrío en el primer canto, cuando Zeus establece que el ser humano es el único responsable de sus decisiones morales. Posteriormente, la obra navega por la fenomenología de la memoria en el canto cuatro, situado en Esparta, donde Helena droga a los hombres con nepente para cuestionar si el olvido es indispensable para sobrevivir al trauma de la guerra. Asimismo, el texto explora la estética de lo sublime del filósofo prusiano Immanuel Kant en el canto seis a través del encuentro con Nausícaa, contrastando la brutalidad salvaje de la naturaleza tras el naufragio de Odiseo con el orden estructurado de la civilización. En el canto once, el oscuro descenso al inframundo destila el pesimismo cósmico del filósofo alemán Arthur Schopenhauer cuando el fantasma del guerrero confiesa preferir la miseria como siervo en vida que reinar sobre todos los muertos, confirmando que la voluntad de vivir aplasta cualquier idealismo sobre la gloria póstuma.
Hacia el clímax, la epopeya estructura una compleja red sociopolítica y ética, mostrando destellos de empirismo en el canto diecinueve cuando la vieja cicatriz de jabalí de Odiseo prueba de forma irrebatible que la identidad humana está literalmente grabada en la historia del cuerpo material. El canto veintiuno destruye la aristocracia por derecho de sangre para instaurar una meritocracia radical mediante la famosa prueba del arco, demostrando que el poder político legítimo pertenece únicamente a quien tiene la competencia empírica y la fuerza real para ejercerlo. Finalmente, la sangrienta matanza de los pretendientes en el palacio se justifica éticamente en el canto veintidós desde un utilitarismo implacable para extirpar el mal y restaurar el estado fracturado, culminando la obra en el canto veinticuatro con un pacto de paz impuesto por la diosa Atenea que actúa como la autoridad coercitiva absolutista del Leviatán de Thomas Hobbes, algo indispensable para someter los instintos violentos y evitar un ciclo infinito de venganzas familiares.
Christopher Nolan, en su ambiciosa adaptación de 250 millones de dólares, estrenada hace algunos días, retoma la poesía homérica de los diez años de viaje, pero emplea su característico manejo narrativo fracturado y no lineal para ilustrar el severo desgaste físico y psicológico de Odiseo, interpretado por el actor estadounidense Matt Damon. Damon transformó radicalmente su complexión, bajando de peso hasta los 76 kilogramos y dejando crecer su propia barba durante un año ininterrumpido para evadir el uso de una barba falsa, logrando encarnar de forma realista el hambre, la deshidratación y la desesperación crónica de un veterano de guerra. La producción masiva prescindió por completo de los típicos efectos por computadora para anclarse en locaciones reales, utilizando el Castillo de Methoni y la Cueva de Néstor en Grecia, así como paisajes volcánicos áridos en Islandia para representar el Inframundo. En el realismo marítimo, navegaron en mar abierto a bordo del Draken Harald Hårfagre, el barco vikingo “moderno” más grande jamás construido, obligando al elenco a aprender a operar velas y remos reales.
La mayor proeza técnica del filme radica en ser rodado en un cien por ciento en el masivo formato IMAX de 70 milímetros, logrado gracias a las nuevas cámaras «Killy» diseñadas junto a IMAX Corporation, las cuales redujeron drásticamente los decibelios de ruido del equipo y permitieron grabar diálogos íntimos sin la necesidad de regrabarlos en un estudio de doblaje. La versión de Nolan, a decir por la producción, aplicó un enfoque de realismo psicológico donde la intervención divina es extirpada de su literalidad fantástica clásica, los dioses operan puramente como manifestaciones del subconsciente o la intuición táctica de los personajes humanos. Atenea, interpretada por la actriz Zendaya, no desciende físicamente del cielo, sino que funge como una fuerza inspiradora y protectora dentro de la mente de Odiseo, mientras que la furia destructiva de Poseidón, se traduce simplemente en una fuerza elemental, climática y omnipotente de la naturaleza.
La inmersión visual y auditiva es más que interesante ya que mantiene un estricto rigor antropológico, donde el compositor Ludwig Göransson optó por una reconstrucción etnomusicológica grabando la banda sonora con liras y aulos auténticos del Mediterráneo antiguo. Esto sumó una textura orgánica de los antiguos instrumentos musicales griegos que se complementa con el tema final del filme “When I’m Home”, interpretado por el rapero Travis Scott, una decisión conceptual que honra la tradición oral milenaria y la rítmica del poema épico original creando un puente con el flow urbano moderno: “Un rostro, una flota, una guerra, un hombre, un pensamiento, un truco…”, versa el rapero convertido en un bardo griego llamado Demódoco.
Otras curiosidades lo son el vestuario de lino burdo diseñado por Ellen Mirojnick, que eliminó el uso de pelucas, el monstruoso Cíclope Polifemo cobra vida terrorífica a través de un enorme animatrónico de seis metros operado por el experto en actuación física Bill Irwin, el asesoramiento de Guillermo Del Toro a Nolan en la narrativa de los monstruos y el mítico caballo de Troya que es concebido como una brutal máquina de asedio de diez metros de altura construida apresuradamente con restos de barcos crudos.
En la crítica, la llegada a las carteleras de «La Odisea» de Nolan generó un intenso debate periodístico y académico, principalmente en torno a la accesibilidad técnica y el atrevimiento autoral para desmitificar al héroe. Por un lado, la crítica cinematográfica en revistas como Espinof celebró unánimemente el colosal espectáculo visual y el triunfo de los efectos prácticos sobre lo digital, aunque medios como El País y CNN denunciaron que la inmensa mayoría de las salas de cine a nivel global carecen de proyectores IMAX de 70 milímetros, obligando al público general a consumir versiones que recortan información vital de la imagen. Otros medios destacan que la película encuentra su temática sociológica más poderosa al invertir el mito original, argumentando que en lugar de un héroe que clama sus victorias en asambleas públicas para forjar su reputación, el Odiseo de 2026 confiesa sus desgracias en la más absoluta privacidad, estableciendo una aguda metáfora sobre el destructivo poder de los rumores, el peso de la opinión pública y las noticias falsas infundadas.
Sin embargo, el campo de batalla mediático más severo provino de la academia, quienes en publicaciones especializadas condenaron diversas inexactitudes históricas deliberadas, tales como armaduras con aspectos “pseudo-futuristas”, sumisiones ajenas a los reyes griegos y la polémica omisión total de pasajes vitales como el encuentro con la princesa Nausícaa -hija del rey Alcínoo y la reina Arete, gobernantes míticos de la isla de Esqueria y del pueblo de los feacios-. Los sectores más puristas argumentan que eliminar las facetas más crueles, despiadadas e infieles del Odiseo literario equivale a un blanqueamiento moral diseñado para el consumo empático contemporáneo en otras palabras, deconstruyen la historia para relatar la que ellos quieren. En contraste, los críticos o periodistas fílmicos celebraron esta desmitificación humanista, aplaudiendo la interpretación del actor Robert Pattinson como un antagonista Antínoo racional y pragmático en vez de uno puramente sádico, y destacando cómo la erradicación literal de los dioses convierte el sangriento retorno a Ítaca en un necesario tratado antibelicista que visibiliza y atiende el trastorno de estrés postraumático de los soldados.
La extensa travesía para adaptar la narrativa de Homero a la pantalla grande abarca más de un siglo de experimentación cinematográfica, comenzando con el filme mudo italiano L’Odissea de 1911 y popularizándose mundialmente con la cinta clásica Ulises en 1954, protagonizada por el actor Kirk Douglas bajo la dirección de Mario Camerini. Históricamente, las grandes producciones occidentales utilizaron el nombre latino “Ulises” por ser un término más identificable para la audiencia general heredera del Imperio Romano, pero la adaptación de Nolan en 2026 marca un retorno a las raíces helénicas al emplear el nombre griego original, “Odiseo”.
El cineasta, guionista, productor y editor británico-estadounidense ha comentado en entrevistas que lo que busca con su Odisea es reconectar con la esencia lingüística de la mitología, pero esto no impidió que la obra contemporánea de Nolan dialogara activamente con sus predecesoras, tomando prestados valiosos recursos de lenguaje visual y actoral. Un claro ejemplo es el recurso de dualidad actoral rescatado directamente del citado filme Ulises de 1954, donde la actriz Silvana Mangano interpretó simultáneamente a la leal esposa Penélope y a la seductora bruja Circe, visualizando la lucha interna del héroe entre su amor de hogar y los hechizos del tiempo. Christopher Nolan evolucionó esto otorgando a la actriz ganadora del Oscar, Lupita Nyong’o, el doble rol de Helena de Troya y Clitemnestra. Al encarnar a la mujer que provoca el catastrófico inicio de la guerra y a la vengativa hermana que asesina al rey Agamenón al regresar victorioso después de que este poderoso líder matara a su propia hija como un sacrificio para su propia victoria, Nyong’o teje una metáfora circular sobre el ciclo de la violencia, advirtiendo tácitamente a Odiseo que el regreso pacífico a casa es una utopía que puede resultar tan mortífera como las mismas batallas libradas en Troya.
Quienes busquen complementar la experiencia fílmica de 2026 con otras visiones de este relato homérico, resulta fundamental explorar el legado de versiones previas que se enfocaron en dimensiones muy distintas del poema. En un estudio más académico, literal y exhaustivo, la miniserie italiana La Odisea de 1968, dirigida por Franco Rossi, es considerada la adaptación más completa por preservar la solemnidad pausada de los diálogos ceremoniales, el ritmo reflexivo de Ítaca y la intervención directa y mágica de los dioses en pantalla. En otro plano, la cinta de supervivencia existencial The Return, dirigida por Uberto Pasolini en 2024 y protagonizada por el actor Ralph Fiennes, ofrece la propuesta más psicológica, esta obra erradica totalmente a los cíclopes, sirenas y deidades para presentar el desolador retrato de un veterano paranoico, incapaz de reconectar afectivamente con el hijo y la esposa que abandonó dos décadas atrás.

