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25 mayo,2026

Valija Viajera

  • Tzibantzá, Querétaro * Chihuahua: Calendario 2026 * Karlovy Vary, la histórica región termal de Chequia * AICM-T2
  • Por Alejandra Pérez Bernal

Clase Turista

HAY DESTINOS que nacen con vocación turística y otros que la descubren poco a poco, casi a prueba y error. Esos que entienden sobre la marcha qué los hace distintos frente a un mercado donde cada vez cuesta más sorprender. Y quizá eso es lo que vuelve particularmente interesantes a algunos proyectos que hoy comienzan a tomar fuerza: no intentan parecerse a nadie.

En la Sierra Gorda queretana, por ejemplo, Tzibantzá entendió algo que muchos grandes desarrollos turísticos todavía no terminan de comprender: la autenticidad no se fabrica. Este pequeño poblado enclavado entre montañas y presa, donde el internet falla más de lo que funciona y donde el silencio todavía domina las noches, encontró en la pesca deportiva una manera de abrirse al turismo sin sacrificar su esencia comunitaria.

Aquí no hay grandes cadenas hoteleras ni experiencias “instagrameables” diseñadas en laboratorio. El atractivo está en otra parte: en los recorridos en lancha entre cañones de roca, en el reflejo del amanecer sobre la presa Zimapán, en el avistamiento de aves y en esa sensación —cada vez más rara— de llegar a un lugar donde el tiempo avanza distinto. La televisión sobra y el paisaje se convierte en el verdadero protagonista.

Pero detrás de la postal natural hay algo mucho más relevante: un modelo comunitario que hoy sostiene económicamente a decenas de familias. La Sociedad Cooperativa Tzibanzá, integrada por 93 socios, logró transformar una economía basada casi exclusivamente en la pesca de mojarra en un esquema donde hoteles, restaurantes, infraestructura náutica y servicios turísticos generan ingresos para toda la comunidad.

Y quizá la historia que mejor resume lo que ocurre ahí es la de Fernando Biais Cruz, actual gerente general de la cooperativa. Originario de Tzibantzá, emigró desde niño a Estados Unidos, donde trabajó en construcción y restaurantes antes de regresar para integrarse al crecimiento turístico de su comunidad. Una historia que se repite en muchas regiones del país: migrar para sobrevivir y volver para construir.

Durante la visita al destino, esa sensación de comunidad aparece constantemente. Desde quienes conducen las lanchas hasta quienes atienden restaurantes o coordinan la operación hotelera —como Alma Rojo Hernández y David Jonathan Rojo, responsables de los hoteles El Anzuelo y La Isla, respectivamente— todos hablan del proyecto como algo propio. Y eso se nota. La hospitalidad no se siente entrenada, se siente genuina.

Cada mes de mayo, el torneo “Pescando por una Vida Digna” coloca reflectores sobre la presa y atrae a más de 120 embarcaciones de distintas partes del país, además de generar una importante derrama económica para la región. Pero el evento termina siendo apenas la excusa para mostrar algo mucho más profundo: cómo una comunidad serrana decidió apostarle al turismo sin convertirse en un producto prefabricado y que apoya sin excusas a niños con discapacidad.

Y mientras destinos emergentes como Tzibantzá intentan crecer sin perder identidad, otros estados ya comienzan a entender que el turismo del futuro no pasa solamente por construir hoteles o promocionar paisajes, sino por crear experiencias capaces de conectar emocionalmente con el visitante.

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CHIHUAHUA PARECE haberlo entendido bastante bien. Esta semana, el estado presentó en Ciudad de México el calendario 2026 de “Chihuahua es para ti ¡Conócelo!”, una estrategia que reúne 70 eventos distribuidos en 35 municipios con la meta de superar los 250 millones de pesos en derrama económica y atraer a más de 300 mil asistentes. Pero más allá de las cifras, lo verdaderamente interesante está en la lógica detrás del proyecto.

Mientras muchos destinos siguen apostando únicamente por conciertos masivos o festivales genéricos que podrían ocurrir prácticamente en cualquier ciudad, Chihuahua decidió convertir su identidad regional en el principal atractivo turístico. Y eso cambia completamente la conversación.

Hoy el visitante no solo llega a observar; llega a participar. Puede caracterizarse como adelita o revolucionario para asistir a la recreación de la boda de Pancho Villa y Luz Corral en Riva Palacio; recorrer vendimias donde el vino se mezcla con rodeo y experiencias campiranas; o asistir a festivales gastronómicos dedicados a la nuez, el chipotle, la carne, la cerveza artesanal y el sotol, bebida emblemática del norte del país con denominación de origen.

La apuesta también tiene otra lectura importante: descentralizar el turismo. Porque Chihuahua entendió que el potencial turístico no puede seguir concentrándose únicamente en las Barrancas del Cobre o en la capital del estado. Hoy los reflectores comienzan a apuntar hacia municipios pequeños, comunidades rurales y pueblos que encontraron en sus tradiciones una nueva manera de generar economía local.

Y en una industria donde muchas veces los destinos terminan pareciéndose entre sí, rescatar identidad empieza a convertirse en ventaja competitiva.

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ALGO SIMILAR ocurre —aunque en otro contexto y a otra escala— en Karlovy Vary, la histórica región termal de Chequia que busca posicionarse en América Latina como mucho más que una excursión rápida desde Praga.

Entre aguas minerales que brotan a más de 70 grados, castillos medievales, bosques y hoteles históricos, este rincón europeo parece haber entendido, antes que muchos destinos modernos, algo fundamental: el lujo ya no necesariamente está en lo ostentoso, sino en la experiencia de bienestar.

Karlovy Vary, conocida históricamente como Karlsbad, forma parte de los Grandes Balnearios de Europa reconocidos por la UNESCO y conserva una tradición médica centenaria ligada al turismo wellness. Ahí, beber agua mineral caliente no es una rareza turística, sino parte de tratamientos enfocados en salud digestiva, rehabilitación y bienestar integral.

Pero el destino también entendió que el wellness contemporáneo ya no vive solo de tratamientos terapéuticos. Hoy la región presume spas sofisticados, rooftops con piscinas termales, hoteles históricos como el emblemático Grandhotel Pupp y una agenda cultural encabezada por el Karlovy Vary International Film Festival, por donde han pasado figuras como Johnny Depp y Antonio Banderas.

La apuesta va más allá de la ciudad principal. Castillos como Loket Castle, minas históricas, rutas naturales, golf, esquí y experiencias ligadas al famoso cristal de Bohemia buscan convencer al visitante de quedarse más tiempo.

Y quizá ahí está el verdadero reto para muchos destinos actuales: lograr que el viajero desacelere. Que deje de consumir lugares a toda velocidad. Que entienda que algunos sitios funcionan mejor cuando se viven sin prisa.

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CURIOSAMENTE, mientras destinos como Karlovy Vary apuestan por bajar el ritmo, en México el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) enfrenta exactamente el problema contrario: cómo hacer que millones de pasajeros pierdan menos tiempo.

Porque mientras el debate aeroportuario suele centrarse en nuevas terminales, saturación o slots, en el AICM hay algo mucho más básico —y urgente— que comienza a cobrar relevancia: la movilidad terrestre.

La modernización de la Terminal 2 incluye nuevos espacios de estacionamiento, carriles ampliados, sistemas de pago digital y ajustes en la circulación interna con el objetivo de aliviar uno de los mayores dolores de cabeza para pasajeros, conductores y plataformas de transporte: el caos vehicular.

Puede sonar poco espectacular frente a las grandes obras aeroportuarias, pero cualquier viajero frecuente sabe que muchas veces la experiencia de viaje empieza —o se arruina— desde el acceso al aeropuerto. No sirve de mucho inaugurar salas remodeladas o sumar nuevas rutas si llegar a la terminal implica perder una hora atrapado entre filas de autos buscando dónde estacionarse.

Y con el Mundial 2026 cada vez más cerca, el reto para el aeropuerto capitalino parece cada vez más claro: no solo verse moderno, sino funcionar mejor.

Porque al final, ya sea en una comunidad serrana que encontró en la pesca deportiva una forma de desarrollo, en un estado que convierte sus tradiciones en experiencias turísticas, en un balneario europeo que reivindica el arte de viajar sin prisa o en un aeropuerto que intenta devolverle tiempo al pasajero, la industria turística sigue girando alrededor de la misma idea: entender qué es lo que realmente valora hoy el viajero.

Y quizá la respuesta no esté en hacer todo más grande.

Sino en hacerlo más auténtico.

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@AlejandraBernal

alex.bernal2010@hotmail.com

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