- El acceso se realiza navegando sobre la presa Zimapán, una de las obras hidráulicas más imponentes del país, rodeada por túneles y cañones
- Hospedaje, alimentos y actividades son operados por habitantes de la comunidad, apostando por un modelo de turismo comunitario y sustentable
- Por Alejandra Pérez Bernal y Gerardo Flores Ledesma/ Enviados
Clase Turista

TZIBANZÁ, Querétaro.- ¿Una isla en Querétaro? La idea suena extraña. Más todavía si está en Cadereyta, entre caminos semidesérticos, cañones y paisaje serrano. Pero existe. Y aparece mucho antes de subir a la lancha.
Mientras la pequeña carretera desciende hacia Tzibantzá, entre curvas y montañas, el enorme espejo de agua de la Presa Fernando Hiriart Valderrama —mejor conocida como presa Zimapán— comienza a abrirse paso entre los cerros. A lo lejos ya puede distinguirse una pequeña isla con algunas cabañas asomándose entre el paisaje. Desde el embarcadero de El Anzuelo se observa todavía más cerca: apenas a cinco minutos en lancha.
Ese es el Campamento La Isla de Tzibantzá, uno de los rincones más inesperados del turismo queretano.

Lo primero que sorprende no es solamente la isla, sino el tamaño de la presa que la rodea. La cortina de la presa Zimapán alcanza los 203 metros de altura dentro del llamado Cañón del Infiernillo, mientras el embalse cubre cerca de 2 mil 300 hectáreas y almacena alrededor de mil 500 millones de metros cúbicos de agua. El camino para llegar también forma parte de la experiencia: antes de alcanzar el embarcadero es necesario atravesar túneles abiertos entre las montañas, algunos de más de un kilómetro de longitud.
Y quizá por eso la experiencia termina sintiéndose distinta desde el inicio. Querétaro suele relacionarse con viñedos, haciendas y pueblos mágicos, no con una isla escondida dentro de una presa monumental.
El acceso final se realiza en lancha, aunque el trayecto dura apenas unos minutos. Lo suficiente para dejar atrás el muelle y llegar a una isla pequeña, tranquila y completamente rodeada de agua.

Ubicado en la comunidad de Tzibantzá, en Cadereyta de Montes, el complejo ecoturístico mantiene una escala reducida y sin saturación turística. Cuenta con apenas 12 cabañas, divididas entre las tipo safari-madera y las de piedra rústica, diseñadas para integrarse al entorno natural. Algunas tienen terrazas con vista directa hacia la presa y otras conservan un estilo más cálido y tradicional.
Todas están equipadas con camas, baño privado, regadera individual, wifi, amenidades y toallas; además, algunas cuentan con calefacción para las noches más frescas. Las tarifas incluyen desayuno, comida y cena, traslado en lancha, acceso a alberca e internet.
Pero La Isla no solamente destaca por el paisaje. El proyecto pertenece a la cooperativa de Tzibantzá, por lo que el turismo beneficia directamente a la comunidad. Todos los trabajadores son habitantes de la zona y gran parte de los alimentos utilizados en la cocina son producidos localmente y preparados ahí mismo.

Esa conexión comunitaria es justamente lo que le da personalidad al destino. Aquí no hay cadenas hoteleras ni experiencias prefabricadas. Lo que hay son lancheros que conocen cada rincón de la presa, comida casera servida frente al agua y actividades que aprovechan el entorno natural sin transformarlo demasiado.
Kayak, pesca deportiva, recorridos hacia manantiales naturales y ciclismo sobre lago forman parte de la oferta para los visitantes, aunque muchas veces basta con sentarse frente a la presa para entender el atractivo del lugar.
Llegar desde la Ciudad de México toma entre tres y tres horas y media. El recorrido se realiza por la autopista México-Querétaro hasta tomar la desviación hacia la Sierra Gorda por la carretera federal 120, pasando por San Juan del Río, Tequisquiapan y Cadereyta de Montes. Después, el camino continúa hacia la comunidad de El Palmar y finalmente hacia Tzibantzá, donde se encuentra el embarcadero junto al restaurante El Anzuelo, punto desde donde parten las lanchas hacia la isla.
Porque sí: en Querétaro existe una isla. Y no está frente al mar, sino escondida entre los cañones y montañas del semidesierto queretano.

