23.9 C
Mexico City
24 mayo,2026

Textos en Libertad/Indianápolis, hace 50 años

  • Por José Antonio Aspirtos Villagómez

Clase Turista

En 2026 se están cumpliendo 50 años de varios sucesos relacionados con mi actividad periodística. En aquel 1976 ingresé a la Asociación Mexicana de Prensa Turística; fui tres veces a Estados Unidos (que celebraba el 200 aniversario de su Independencia) a cubrir importantes carreras de automóviles en Florida, Indiana y Nueva York; duré cuatro meses como director de la revista Automundo, donde laboré durante cuatro años y medio; renuncié en julio por diferencias con el gerente, y en agosto siguiente empecé una trayectoria de 30 años en la agencia de noticias Notimex donde casi de inmediato me nombraron coordinador del naciente servicio Notifono, además de que fui invitado como director del periódico mensual Automóvil.

Y como una de las carreras a las que asistí fue las 500 Millas de Indianápolis, ahora que se celebra la edición 110 de esa famosa prueba (yo fui a cubrir la número 60) me permito compartir la crónica que escribí hace medio siglo y espero que les resulte amena; también fungí como fotógrafo. Sólo omito aquí los datos técnicos de cómo arrancaron y cómo finalizaron los 33 pilotos participantes; únicamente están los tres primeros de la tabla de resultados, encabezados por quien también había conseguido la posición de punta (llamada pole) para la arrancada y al final celebró su victoria con la tradicional botella de leche que toman los campeones en lugar de la champaña de otras categorías del automovilismo.

         Aunque mi paso por las publicaciones Automundo y Automóvil fue breve, mi afición por el automovilismo comenzó con la Carrera Panamericana (1950-1954) y continúa hasta la fecha. Por ello, en diciembre de 2009 ingresé a la Scudería Hermanos Rodríguez invitado por Carlos Eduardo Jalife Villalón -desde entonces un gran amigo-, quien es su secretario general y uno de sus refundadores (originalmente la fundaron los destacados pilotos mexicanos Pedro y Ricardo Rodríguez, de quienes escribió precisamente Jalife una extraordinaria historia muy ilustrada y detallada en un lujoso libro de casi 600 páginas, editado en 2006).

500 Millas de Indianápolis

Rutherford: Merezco el triunfo

  • Media carrera por el precio de una
  • Mario Andretti es un ídolo nacional
  • Un coro de 350 mil gargantas

Texto y fotos: José Antonio Aspiros Villagómez

Mayo de 1976

¡Ei yei… Ei yei… Ei yei…! Decenas de miles de fanáticos gritaron así cuando A. J. Foyt tomó la punta y se perfilaba como posible triunfador de las 500 Millas de Indianápolis.

¡Ei yei!… ¡Ei yei!, era el ruido ensordecedor dentro del óvalo sexagenario. Más que gritos, más que ruidos, era el rugido de decenas de miles de gargantas aclamando a un ídolo que peleaba a más de 300 kph por su cuarta victoria en Indy 500 y, con ella, por el récord, ya que nadie hasta la fecha ha podido ganar más de tres veces tan histórico evento.

¡Ei yei! era la expresión fonética de las iniciales de Foyt: A. J., favorito de la mayoría, pero víctima de la lluvia que interrumpió el evento cuando  se habían corrido apenas 255 millas.

Decir Indianápolis es decir Foyt, es decir Unser, es decir Rutherford, es decir Andretti, es decir 60 años de carreras, es decir la prueba de velocidad más famosa del mundo, es decir premios por 15 millones de pesos, es decir 350 mil fanáticos de todo el planeta como población flotante de una ciudad de 700 mil habitantes. Indianápolis es la reina de las carreras de automóviles y después de ella -a nuestro parecer- están Le Mans, Mónaco, Daytona y otras de menor prestigio, aunque no menos importantes

LA FIESTA PREVIA

El mundo conoce a la ciudad de Indianápolis por su carrera de automóviles. Para ellos, la fecha más importante del año es la del día del evento y esta vez tuvo especial relevancia porque coincidió con el bicentenario de la Independencia de Estados Unidos, fue el sexagésimo aniversario del evento y, por primera vez, una mujer llegó inclusive hasta las pruebas de clasificación muy a pesar de muchos de sus colegas pilotos.

Janet Guthrie, de 38 años, intentó por todos los medios correr en Indy 500. Hizo muchos méritos para ello, pero a la hora de calificar no dio el tiempo suficiente y quedó fuera de los 33 volantes que habrían de arrancar. Para la historia de las 500 Millas, fue un gran momento cuando el 10 de mayo pasado, a las 11:57 horas Janet entró a la pista por primera vez para ensayos previos a la clasificación.

El 12 de mayo se perfilaban como ganadores de la pole position Johnny Rutherford, Al Unser y A. J. Foyt con velocidades por encima de las 189 millas por hora (302 kilómetros) y fue precisamente el primero de ellos quien conquistó la posición de cuerda.

UNA VÍSPERA MEMORABLE

El 29 de mayo, la víspera del gran día, los “drivers” fueron presentados al público. Eran los privilegiados que habrían de tomar la bandera verde a las once de la mañana del domingo. Otros 38 aspirantes habían sido eliminados. La mayor ovación fue para Mario Andretti, quien para poder estar con su público en Indy 500, se abstuvo de correr en los Grand Prix de Bélgica y Mónaco. Mario y Foyt son en la actualidad los máximos ídolos de los fanáticos de las 500 Millas.

En cierta forma, la presentación nos recordó los tiempos del circo romano, cuando los gladiadores pronunciaban el “Salve, César, los que van a morir te saludan”, que con frecuencia vemos en el cine.

Y es que, a lo largo de su historia, la carrera de Indianápolis ha resultado de las más cruentas y accidentadas. Las volteretas en el aire de los carros que chocan, las gigantescas lenguas de fuego y nubes de humo que se forman tras las colisiones, son ya parte necesaria en el espectáculo.

Por ver quién choca, quién muere, quién gana, se dan cita en el Indianápolis Motor Speedway 350 mil personas que se comportan como una sola. Todos hacen lo mismo, todos reaccionan igual ante los estímulos y las incidencias, todos corean las mismas porras y todos exclaman a la menor provocación.

VELOCIDADES EN CONTRASTE

Llegó el domingo, la fecha esperada durante todo un largo año por los “Indy 500’s fans”. El camino hacia la pista desde el centro de la ciudad generalmente se recorre en 15 minutos, pero esta vez fueron dos horas a causa del congestionamiento; todos íbamos al mismo sitio y había que formarse.

         Cubrimos el trayecto a velocidades entre 15 y 30 kph que resultaban ridículas para quienes íbamos a ver un espectáculo donde se alcanzaban los 320 kph en las rectas.

         En las últimas cuadras antes del Speedway, la gente ofrecía los estacionamientos de sus casas o negocios a precios “normales” en esos casos, y entre más cerca quedaban de la entrada a las tribunas, más caro costaba el estacionamiento, pero en ningún caso pasaba de 50 pesos.

         Eso sí, en Indianápolis también hay influyentes. Mientras nosotros, como cientos más, esperamos pacientemente nuestro turno para llegar, por el carril de la izquierda a cada momento nos rebasaban caravanas hasta con más de cien vehículos cada una, escoltados por motociclistas de tránsito. Reconocimos la comitiva del gobernador, Robert D. Orr y la de los pilotos, pero nunca supimos quiénes eran los demás.

         Cuando pudimos entrar a la pista, ya habían terminado los desfiles de bandas de música, bastoneras y demás. A las 10:45 horas el himno nacional, después una oración, el himno de Indiana y, a las 10.53 horas, el ya clásico “¡Gentlemen, start your engines!”, para luego dar dos vueltas de reconocimiento los 33 participantes detrás del pace car, un Buick V6 turbocargado, conducido por Marty Robbins.

         A las once horas en punto, cuando los bólidos arrancaron, las 350 mil gargantas se desgarraban en gritos. La pista tiene tribunas en las dos rectas y en las curvas había gente sobre los árboles y de pie pegados a la alambrada, pero todos verdaderamente alterados por la emoción.

         Rutherford se hizo de la punta, pero la perdió en la vuelta cuatro ante el coraje de Foyt, y este a su vez cayó en la 14 para dejar el liderato por tres giros más a Duane Carter Jr.

         Wally Dallenbach estuvo efímeramente como puntero y Gordon Johncoock lo desbancó en la vuelta 20. Por arte de la casualidad -uno no se explica por qué otra razón sólo duró una vuelta al frente- Tom Sneva encabezó al grupo en el giro 38 y luego comenzó una guerra sin cuartel entre Rutherford y Foyt.

         El primero en tomar la ofensiva fue Johnny. Rebasó a Sneva en la vuelta 39 y se corría la 61 cuando nuestro gran favorito, A. J., pasó al primer lugar. La gente estaba materialmente metida en el espectáculo. El duelo multiplicó los ánimos encendidos desde el principio y, mientras todos gritaban, muchos bailaban o brincaban.

Se corría la vuelta 79 cuando el cronista exclamó: “¡Miren eso! ¡Rutherford está rebasando a Foyt!” y nuevamente el griterío, las porras y algunos gritos de “¡Ei yei, ei yei!” (¡A J! ¡A J!).

         Ya no hubo más cambio de líder. Justamente a media carrera -vuelta 100, 250 millas- comenzó a llover, se encendieron las luces amarillas y los bólidos disminuyeron radicalmente su velocidad. Cinco millas después fue detenida la acción en espera de que pasara el aguacero y se secara la pista; eran las 12:47 horas.

         La multitud sacó paraguas, impermeables o simples pedazos de hule para protegerse de la furia de Tlaloc y todo el mundo permaneció en su lugar, a la expectativa.

         Sólo 27 máquinas estaban corriendo cuando se detuvo la prueba. Roger Mc Cluskey había chocado en la vuelta 30 sin consecuencias graves, y por diversas fallas mecánicas abandonaron Spike Gehlhausen, Dick Simon, Bill Vukovich, David Hobbs y Gary Bettenhausen.

RENACEN LAS ESPERANZAS

Eran las dos y cuarto de la tarde cuando despejó el cielo, se dejó ver el sol y comenzó a soplar un viento regular. Las grúas estuvieron dando vueltas a la pista para secarla y, una hora después, la gente impaciente comenzó a aplaudir y gritar en demanda de que se reanudara el evento. Otra vez nos acordamos de los gladiadores y del lema aquel de pan y circo para el pueblo.

         Una ovación como nunca se ha escuchado en el Estado Azteca cuando es anotado un gol, se dejó oír en Indianápolis tras el anuncio de que la carrera continuaría. Volvió la actividad, se encendieron nuevamente los motores y todo estaba listo cuando… ¡otra vez la lluvia! Y ahora más fuerte. La gente ya no esperó más y comenzó a salir, mientras se anunciaba que el ganador era Johnny Rutherford. Nuevamente gritos, aplausos, porras, abrazos y, el vencedor, rodeado por su familia, posando para los fotógrafos.

         Cabría preguntarse por qué en otras pistas sí se corre cuando llueve, cambiando únicamente los slicks por llantas especiales con dibujo. La respuesta es que el óvalo de ladrillos cubiertos de asfalto de Indianápolis, resulta demasiado peligroso cuando está húmedo, para vehículos que corren a más de 300 kilómetros por hora. Y reducir esa velocidad le quitaría todo su chiste al evento.

         Para muchos fue una decepción que la prueba sólo llegara a la mitad de su duración. Para Foyt fue motivo de un entripado coraje, pues estaba pisándole los talones al vencedor cuando se detuvo la carrera, y para Rutherford significó una inmensa alegría.

         “Estoy realmente contento por el resultado -dijo-. Creo que lo merezco. Si la carrera hubiera continuado, quizá el resultado hubiera sido igual, porque mi coche andaba fantásticamente bien.”

         Durante una conferencia de prensa mientras caía un torrencial aguacero que duró dos horas, Johnny contestó a numerosas preguntas.

         “Me preguntan si me emociono -dijo en respuesta a una-. Es como manejar un carro nuevo, me gusta sentirlo y lo disfruto. Nunca pienso en nada malo. Llevo 16 años de correr profesionalmente y todavía es difícil para mí explicar lo que realmente voy pensando cuando manejo o cuando gano. Son sensaciones distintas cada vez y disfruto mucho cuando gano porque… ¿a quién no le gusta ganar?”.

         La edición LX de las 500 Millas de Indianápolis se corrió el 30 de mayo de 1976 y los tres primeros lugares fueron:

1.- Johnny Rutherford; McLaren Offy # 2, 102 vueltas, 1h.42’52.48”, 148.7 mph.

2.- A. J. Foyt; Coyote Foyt # 14, 102 vueltas, 1h.43’07.84”, 148.3 mph.

3.- Gordon Johncoock; Wildcat DGS # 20, 102 vueltas, 1h.44’47.33”, 146.2 mph.

(Publicada en la revista mensual Automundo # 72, de julio de 1976)

Related Articles

últimos articulos