- Entre montañas, aguas tranquilas y cañones de roca, Tzibantzá se abre paso como un destino emergente de turismo de naturaleza en la Sierra Gorda queretana, impulsado por el trabajo colectivo de su comunidad
- La cooperativa local convirtió la pesca, la hospitalidad y el turismo comunitario en una nueva forma de vida, creando hoteles, restaurantes y experiencias que hoy atraen visitantes de distintas partes del país.
- Por Alejandra Pérez Bernal/Gerardo Flores Ledesma/Enviados
- Fotos: Alejandra Pérez Bernal
Clase Turista
TZIBANZÁ, Querétaro.- Entre el silencio de las montañas y el reflejo de los cañones sobre el agua, Tzibantzá parece uno de esos lugares que todavía conservan el privilegio de la calma. En este pequeño poblado escondido en la Sierra Gorda queretana, la vida transcurre al ritmo de las lanchas, del viento que cruza la presa y de los atardeceres que tiñen de naranja las paredes de roca.
Aquí no hay grandes complejos turísticos ni filas interminables de visitantes. Tzibantzá es un destino para quienes buscan desconectarse. La señal de internet aparece y desaparece, la televisión pierde importancia y el verdadero espectáculo ocurre afuera: aves que sobrevuelan la presa, noches silenciosas, agua rodeada de montañas y una tranquilidad difícil de encontrar en otros destinos.
Pero detrás de la belleza natural existe también una historia de transformación comunitaria.

Hace más de dos décadas, la vida en Tzibantzá dependía prácticamente por completo de la pesca de mojarra. Cuando la actividad comenzó a disminuir, la comunidad entendió que tenía que reinventarse para sobrevivir.
“Antes aquí era río. La gente sembraba mango, guayaba y había muy poquito pescado. Cuando llegó la presa empezó la pesca de mojarra, pero después eso también se fue acabando y tuvimos que entrarle al turismo”, relató José Rosario Cruz Hernández mientras observa el movimiento de embarcaciones sobre el agua.
Lejos de abandonar la comunidad, los habitantes decidieron organizarse.
Hoy, la Sociedad Cooperativa Tzibanzá, integrada por 93 socios, sostiene gran parte de la actividad económica y turística del poblado. Lo que comenzó como un esfuerzo para diversificar ingresos terminó convirtiéndose en un modelo comunitario donde prácticamente todos participan de alguna manera.


Con trabajo colectivo, capacitación y organización, la cooperativa desarrolló proyectos turísticos que hoy son referencia en la región: el hotel-restaurante La Isla con sus cabañas frente a la presa; el hotel-restaurante El Anzuelo; el restaurante Mirador; además de rampas, botadores para embarcaciones y un centro de acopio para la pesca de mojarra.
La actividad náutica se ha convertido también en una fuente importante de ingresos para las familias de la zona. Cada visitante que llega para recorrer la presa, practicar pesca deportiva, hacer kayak o simplemente descansar frente al agua termina impulsando la economía local.
“La cooperativa es muy trabajadora. Todos le entramos y aprendemos también de la gente que viene”, comentó José Rosario Cruz Hernández. Y basta caminar por el poblado para entenderlo: unos atienden restaurantes, otros reciben turistas, algunos conducen lanchas y otros colaboran en limpieza, mantenimiento o cocina.
Parte de esta nueva etapa turística también es impulsada por Fernando Biais Cruz, gerente general de la Sociedad Cooperativa Tzibanzá, hombre joven originario del poblado que después de haber migrado desde niño a EU, donde trabajó en la construcción y en restaurantes, y haberse superado de manera importante en el país vecino, regresó a su comunidad para involucrarse en el crecimiento de los proyectos turísticos y fortalecer la atención a los visitantes que llegan a la presa.
Durante la visita a Tzibantzá también destacaron la hospitalidad y el acompañamiento de David Jonathan Rojo y Alma Rojo Hernández, quienes compartieron detalles sobre el crecimiento turístico, los proyectos comunitarios y la evolución de la zona como destino de naturaleza y aventura.


PESCA DEPORTIVA Y COMPETENCIAS ACUÁTICAS
Aunque durante mayo el poblado recibe visitantes por el torneo “Pescando por una Vida Digna”, la actividad turística ya no depende únicamente de ese evento. A lo largo del año llegan viajeros atraídos por la pesca deportiva, las competencias acuáticas, el contacto con la naturaleza y la posibilidad de vivir unos días lejos del ruido urbano.


A unos kilómetros, los Manantiales El Aguacate completan el recorrido con aguas termales cristalinas escondidas entre cañones, donde las temperaturas alcanzan hasta 38 grados centígrados.
Llegar a Tzibantzá también forma parte del viaje. La ruta más sencilla es avanzar hasta San Juan del Río, Querétaro; continuar rumbo a Cadereyta y tomar el camino hacia El Palmar. Conforme la carretera se interna entre montañas, el paisaje comienza a cambiar hasta revelar este rincón escondido entre la Sierra Gorda.
La presa, inaugurada en 1995 como parte del sistema hidroeléctrico, modificó para siempre la vida de las comunidades serranas. Lo que antes era un río agrícola hoy es un corredor turístico, deportivo y económico construido por el esfuerzo de quienes decidieron quedarse y apostar por su tierra.
Y mientras cae la tarde sobre Tzibantzá y las luces comienzan a reflejarse sobre el agua, el verdadero atractivo del lugar se vuelve evidente: aquí no solo se viene a pescar o a descansar. Se viene a descubrir cómo una pequeña comunidad aprendió a transformar la naturaleza, el trabajo colectivo y la hospitalidad en una nueva forma de esperanza.



