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17 marzo,2026

Abre historiadora Georgette José Valenzuela, ciclo sobre la Guerra Cristera

  • Por Norma L. Vázquez Alanís

Clase Turista

Los antecedentes del estallido de la rebelión cristera en México hace un siglo, se pueden situar después de la promulgación de la Constitución de 1917, cuando la alta jerarquía del clero católico mexicano se manifestó en contra de los artículos tercero y 130 constitucionales, referentes a la educación gratuita y laica, así como a la regulación de las relaciones del Estado mexicano y la Iglesia, expuso la doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México, Georgette José Valenzuela.

Al abrir el ciclo de conferencias ‘A un siglo del conflicto religioso en México’, convocado por el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM) de la Fundación Carlos Slim, con el tema ‘La transición presidencial 1923-1924’, la doctora José Valenzuela apuntó que, cuando se promulgó la Carta Magna en 1917, el arzobispo de la Arquidiócesis de México, José Mora y del Río, emitió unas declaraciones en contra de la Constitución y de los revolucionarios que habían llegado al poder, sobre todo de los carrancistas a quienes acusaba de ser socialistas y de no respetar los derechos adquiridos.

Este fue el terreno donde se iban a desarrollar los gobiernos de Adolfo de la Huerta (sólo duró seis meses), Álvaro Obregón y luego el de Plutarco Elías Calles, por ello en sus mandatos se suscitaron incidentes entre la jerarquía católica mexicana, el representante del Vaticano y los feligreses nacionales. Recordemos, dijo la historiadora, que los tres generales sonorenses eran anticlericales, más no antirreligiosos, y es muy importante separar anticlericalismo de antirreligiosidad, porque no estaban contra la religión sino contra el clero.

La doctora José Valenzuela explicó que entonces el 99 por ciento de la población era católica y era evidente la presencia de la Iglesia católica, de la alta jerarquía, del clero regular y secular en todo el territorio, pero su rol no se restringía al ámbito religioso porque también se metían en las cuestiones políticas y no respetaban los límites que ponía la Constitución a la participación de los sacerdotes en los asuntos políticos de México; así, el control que pretendía imponerles el Estado no era de su agrado, lo cual derivó en el estallido de la rebelión cristera.

La oposición del clero a la Constitución de 1917 continuó y el conflicto entre la Iglesia católica y el gobierno se fue agravando. En 1921 detonaron dos bombas ya siendo presidente Álvaro Obregón, una en la entrada de la casa del arzobispo Mora y del Río por sus declaraciones contra los líderes sonorenses, y otra en la catedral de la ciudad de México, en la parte baja del altar de la Virgen de Guadalupe, mientras los integrantes de la central obrera CROM, hacían ondear una bandera rojinegra en alguna de las cúpulas del templo.

En ese mismo año se inició un movimiento encabezado por el arzobispo Mora y del Río para erigir un monumento a Cristo Rey en el cerro del Cubilete, en Guanajuato. La primera piedra de esa estatua enorme se colocó el 11 de enero de 1923 y el nuncio apostólico, monseñor Ernesto Filippi, asistió invitado a bendecir ese acto.

El gobierno de Álvaro obregón consideró la ceremonia no sólo un acto de culto externo prohibido por la ley, sino de desobediencia a las autoridades y ordenó suspender la construcción del monumento, así como la expulsión de monseñor Filippi pues el artículo 130 de Carta Magna prohibía la manifestación pública de las creencias religiosas; los católicos podían participar en actos dentro de las iglesias de manera privada, pero no podían hacer procesiones ni actos públicos de índole religiosa. A pesar de las protestas del clero mexicano, Obregón se mantuvo firme en su decisión.

Entre 1917 y 1924 las tensiones de la jerarquía y los católicos mexicanos fueron constantes, al parecer querían demostrar quién podía más, si el Estado o la jerarquía católica y su feligresía, señaló la doctora José Valenzuela. Y en octubre de 1924 la dirigencia católica promovió la celebración en la ciudad de México de un Congreso Eucarístico en el que participarían obispos y arzobispos mexicanos, los Caballeros de Colón y representantes de diversos países de América Latina.

Molesto, el presidente Obregón ordenó al procurador general de la República que iniciara una investigación para sancionar y encarcelar a los organizadores de ese evento, que hubo de cancelarse; obviamente había una actitud muy combativa de la Iglesia católica y los feligreses, que en ese entonces practicaban la “opción social” porque el Vaticano aprobaba que los católicos participaran en cuestiones políticas. En 1929 eso se prohibió y ya no hubo actuación política del clero mexicano.

Transición presidencial 1923-24 con sobresaltos

Entre enero y septiembre de 1923, varios personajes manifestaron sus aspiraciones de suceder a Álvaro Obregón en el poder y la lucha por la candidatura presidencial de 1924 tuvo su principal escenario en la Cámara de Diputados federal por parte de varias fuerzas: la de Jorge Prieto Laurens, del Partido Nacional Cooperativista; la de Luis N. Morones, del Partido Laborista Mexicano que era el brazo político de la CROM; la de Antonio Díaz Soto y Gama, del Partido Nacional Agrarista, y la de Felipe Carrillo Puerto, del Partido Socialista del Sureste.

Ya para septiembre la pugna por la candidatura fue entre el secretario de Gobernación, Plutarco Elías Calles, y el secretario de Hacienda, Adolfo de la Huerta; en un principio De la Huerta dijo que no sería candidato y Calles aceptó hasta septiembre, en espera del resultado de la negociación que hizo Álvaro Obregón para obtener el reconocimiento del gobierno de Estados Unidos.

Pero se produjo un incidente que derivó con la ruptura entre De la Huerta y Obregón porque el primero quiso obligar -sin lograrlo- al mandatario a que reconociera el triunfo de Prieto Laurens como candidato triunfador al gobierno de San Luis Potosí; en octubre de 1923 De la Huerta aceptó la candidatura presidencial por el Partido Nacional Cooperatista y comenzó a atacar al gobierno de Obregón. Calles consideró como una traición que De la Huerta aceptara esa propuesta.

Este episodio desembocó en la denominada rebelión delahuertista, por la cual se interrumpió la campaña presidencial en diciembre de 1923; esa revuelta fue sofocada por Álvaro Obregón, el gran estratega militar y único general de la revolución invicto, en marzo de 1924.

La pugna entre Calles ya como candidato y la jerarquía católica se incrementó porque lo acusaban de socialista (lo que se entendía de este término para la época), que por supuesto no era, pero se decía que era un personaje ruin y venido de otras tierras. Recordemos que lo llamaban “el turco” pues era un hombre muy alto, de cara dura y con tez oscura, dijo la historiadora José Valenzuela; los feligreses pensaban que debían elegir como presidente a un mexicano de raza y de corazón, porque este personaje iba a llevar a la guerra de fuego y sangre.

La campaña enfrentó a Calles con los católicos mexicanos, en Guanajuato en octubre de 1923 durante un mitin fue rechazado por mujeres que gritaban ¡Viva Cristo Rey!, entonces expresó: “Yo recomiendo a esos que están gritando digan a quienes les aconsejaron desde el púlpito que ya nos encontraremos en el campo de la lucha y los volveremos a derrotar como los hemos derrotado siempre”. Acusó a las mujeres de reaccionarias y de ser azuzadas por los sacerdotes de su localidad, les advirtió que cuando él llegara a la Presidencia se iban a ver las caras.

Calles señalaba que la actitud de algunos católicos en Guanajuato no tenía ninguna razón de ser, porque “nosotros respetamos todos los credos y cultos, no tengo por qué atacar a ninguno”. Cuando visitó la Escuela de Agricultura en Michoacán fue recibido con piedras y palos, a lo que el político respondió con la promesa de que en todo momento pelearía en todas las formas y en todos los terrenos por el triunfo definitivo de los principios revolucionarios.

La campaña presidencial de Plutarco Elías Calles se caracterizó por sus fuertes discursos contra el clero, aunque reiteraba su respeto a todas las religiones y creencias mientras los ministros de ellas no se mezclaran en las contiendas políticas transgrediendo las leyes; para él los principales enemigos a vencer eran el clero fanatizador y la ignorancia. La lucha contra el primero estaba planteada en términos de aniquilamiento, desaparición, enfrentamiento frontal y directo. La respuesta de la Iglesia católica fue de hostilidad creciente que culminó en la guerra cristera.

De manera sucinta, estos sucesos se consideran como los antecedentes del estallido de la rebelión cristera, finalizó la doctora José Valenzuela.

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