- ¿Qué nos dejará el Mundial?
- Octavio Campos Ortiz
Clase Turista
A diferencia de los Mundiales de Futbol de 1970 y 1986, donde se vivió una verdadera fiesta popular en torno de la cuatrianual justa deportiva más importante del orbe, la edición 2026 no despertó la misma pasión que en los que México también fue sede. Muchos factores influyen para apagar la euforia de los aficionados, casi toda la población, en virtud del espíritu pambolero del mexicano desde que los ingleses trajeron el deporte de las patadas a las tierras mineras de Hidalgo.
En primer lugar, no seremos sede única. Compartimos el torneo con Estados Unidos y Canadá, donde el primero será el protagonista de la mayoría de los 104 encuentros que se disputarán. Incluso, en el hipotético caso de un quinto partido de la Selección Nacional, lo jugarían en la Unión Americana. En el mejor de los casos, tres triunfos se podrían festejar en el Ángel de la Independencia y uno en la Minerva. Todo depende del desempeño futbolístico de la escuadra nacional. Que, por cierto, no ha demostrado mucha ofensiva. Ello hace mella entre los hinchas, que no encuentran ahora nuevos ídolos como los tuvo en los anteriores mundiales celebrados aquí. La Copa está hecha para la televisión y es un negocio para la FIFA, a quien lo que menos interesa es el futbol como deporte. Los precios prohibitivos de las entradas a los estadios también desalientan la asistencia del espectador nacional, el cual sí pudo llenar un par de veces el mítico Azteca, el coloso de Santa Úrsula, pero ahora verá algunas competencias por televisión. También se diluirá la euforia nacional porque en esta ocasión no existe, como rezaba el jingle en el 86, un equipo sensación. La desorganización y mediocridad de los federativos ha impedido que mejore el futbol profesional y amateur, por lo que ya no hay ídolos. El último fue el “Chicharito” Hernández. Los jugadores se han comercializado, ya no sienten amor por la camiseta, ni tienen respeto para la porra, ni hay pundonor para defender los colores de su equipo, menos la nacional. Medio juegan y están más presto para los comerciales o promocionales.
A diferencia de las potencias europeas y sudamericanas y de los grandes jugadores que exportan a granel África, Medio Oriente, la Europa del Este y hasta el Lejano Oriente, un país con más de 130 millones de habitantes como México no es capaz de tener 22 jugadores que lleven con profesionalismo la representatividad de todo un país. Ya ponemos huevo porque cuatro o cinco mexicanos están en el Viejo Continente, pero ni siquiera juegan de titulares. Ellos mismos se ponen sus moños para alinear en su Selección.
En un país convulso política y socialmente, los mexicanos estamos ávidos de triunfos, de historias de éxito, de vernos reflejados en las victorias de nuestros representantes. Ello, nos daría cohesión social, refrendaría la unidad nacional, nos redimiría frente a nuestras derrotas y fracasos personales y nos haría creer en la posibilidad de construir un mejor país. Ello demostraría que, si somos exitosos en el deporte, lo seríamos en la escuela, en el trabajo, en la oficina, en los negocios. Reviviría la mexicanidad, el orgullo de sentirse mexicano y demostraría tanto en casa como en el extranjero que valemos mucho y que, como la cerveza, creeremos que la victoria es nuestra. Lamentablemente, el once nacional jugará solo en un estadio gentrificado, con su público ausente, y quién sabe si las ondas hertzianas puedan lograr que llegue al Azteca la buena vibra de la afición que solo los verá desde una pantalla. Difícilmente llegaremos a ese tan ansiado quinto partido.
¿Qué nos dejará el Mundial como país? Nada o muy poco. En lo deportivo, mantendremos nuestra mediocridad, que ya es idiosincrática; seguirán los mismos directivos o federativos que no aceptarán un mea culpa y que los errores o derrotas son consecuencia de jugadores y entrenadores. Como gobierno, habrán desaprovechado la oportunidad de proyectar internacionalmente al país como fuente turística y atractivo para las inversiones. Los gastos de última hora -tuvieron ocho años para prepararse-, en mala obra pública y nula infraestructura, serán eso, gastos que solo minaron las arcas nacionales. No supieron negociar con los tiburones de la FIFA. Y como ciudadanos, regresaremos a nuestra realidad, relameremos nuestras heridas y justificaremos las derrotas, magnificaremos el “ya merito” con la eterna esperanza de que dentro de cuatro años nos redimiremos. Ojalá me desmienta la Selección Nacional.
Apostilla: Muy merecido el reconocimiento que le hizo la División de Humanidades de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la UNAM a la maestra Hermelinda Osorio Carranza por su destacada labor, trayectoria y legado universitario como académica y ex directora de la Facultad. Cabe señalar que ella es egresada de la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva de la entonces ENEP Acatlán, donde destacó como miembro de la primera generación. Enhorabuena.

