- Hace un siglo
- Tuvo dimensiones internacionales el conflicto religioso en México
- Por Norma L. Vázquez Alanís
Clase Turista
(Primera de dos partes)
La solución del conflicto entre la Iglesia y el Estado mexicano -que desembocó hace un siglo en la guerra cristera- fue posible gracias a dos factores externos fundamentales: los intereses de Estados Unidos y la preocupación de la Santa Sede por las paraliturgias que se daban al realizar las misas en casas particulares. Pero fue un acontecimiento nacional el que finalmente permitió terminar con el enfrentamiento: la expropiación petrolera de 1938, cuando el gobierno mexicano necesitó de todos los actores para poder establecer la soberanía energética y lograr el pago de las deudas adquiridas por esa acción.
Al señalar lo anterior en el ciclo de conferencias ‘A un siglo del conflicto religioso en México’, organizado por el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM) de la Fundación Carlos Slim, el doctor en Ciencias Sociales por la Université Jean Moulin Lyon 3 de Francia, Yves Solís Nicot, aseguró que no se tiene conciencia del impacto provocado por el conflicto religioso en otras naciones, de manera que se menosprecian las dimensiones internacionales de la primera y segunda guerras cristeras, ya que la magnitud religiosa y política es lo que más comúnmente han analizado los historiadores.
El también doctor en Historia Social y Cultural por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), presentó la ponencia ‘Dimensiones internacionales del conflicto’, donde expuso la manera como actuaron la Santa Sede, el gobierno de Estados Unidos y otras potencias extranjeras durante el conflicto religioso de México en sus dos fases, la de 1926 a 1929 y la que abarcó de 1931 a 1938.
El especialista puntualizó que la guerra cristera tuvo repercusiones en los ámbitos financiero, económico, educativo y social, además de que hubo numerosos intereses de potencias extranjeras que marcaron el enfrentamiento, el cual generó tensiones a nivel internacional y por ello es necesario entender cómo dinámicas que se pensaban únicamente nacionales internas, también fueron moldeadas por esos intereses múltiples.
En ese largo periodo se fue generando un modus vivendi entre la Iglesia y el Estado que marcó gran parte del siglo XX mexicano, y en ese proceso participaron potencias extranjeras involucradas en el asunto por diversos motivos.
El doctor Solís Nicot refirió que “los historiadores debemos cuidar las derivas que tenemos por nuestras filias y fobias para ofrecer no un trabajo aséptico, no un trabajo en el que no tomemos posturas, pero sí un trabajo honesto”. Aclaró que con su conferencia esperaba “ampliar la dimensión del análisis del conflicto religioso y aportar un poco de luz a un periodo que ha sido marginalizado por la historia oficial”.
Su investigación se basó en la visión de la Iglesia institucional en México, en material diplomático de Estados Unidos y de la Santa Sede, así como en archivos públicos y privados, dos de ellos resguardados por el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM): el Archivo y biblioteca cristera Rius Facius, que ya está digitalizado, y el Fondo Jean Meyer.
Repercusión internacional del conflicto
Las postrimerías de los años 20 mostraron con claridad la lucha por el poder y el control de las masas ejercido por las dos fuerzas políticas dominantes de México, la Iglesia católica y el Estado moderno revolucionario. La apertura en 2006 de los archivos eclesiásticos, permite entender mejor aquel conflicto religioso en México y también analizar cuáles fueron los países que participaron de esta circunstancia.
La conferencista citó como tales obviamente a la Santa Sede y a México, pero advirtió que tal vez algunos historiadores no estaban tan conscientes de la implicación de Estados Unidos.
La persecución en México fue conocida por los católicos de Estados Unidos, la Santa Sede, Canadá, Bélgica, Francia y España, gracias a las tecnologías de la información de la época, que permitían leer noticias y recibir fotografías de manera más o menos rápida. Así, la prensa, los panfletos a partir de 1931 y la radio, difundieron la persecución que se hacía contra sacerdotes, pero también contra las monjas y frailes, incluso europeos.
El análisis contextual de las notas diplomáticas permite conocer las preocupaciones de quienes desde Washington, Roma y México fueron gestando entre los años de 1926 y 1929 las múltiples iniciativas de los diferentes actores del mundo católico en México, para poner fin al conflicto religioso. En esos documentos hay propuestas para generar negociaciones de paz, pero otras también fueron para allegarse armas o parque y derribar al gobierno mexicano o crear un gobierno alterno.
En el periodo de 1919 a 1925 el conflicto fue de baja intensidad, pero la creación en 1925 de una “iglesia católica apostólica mexicana” y la promulgación de la Ley Calles, propiciaron que los obispos, con la autorización de la Santa Sede, tomaran la decisión de suspender el culto. Durante tres años no se escucharon en México los repiques de las campanas en ningún templo, capilla o iglesia; el culto se mantuvo en la clandestinidad, a veces con celebraciones privadas o en el campo fuera de los templos, lo cual generó en algunas ocasiones un fenómeno de paraliturgia mucho antes de que lo autorizara el Concilio Vaticano Segundo, a juicio del doctor Solís Nicot.
Si bien son claras las causas que provocaron este conflicto -agregó-, es más difícil entender cómo posturas que parecían opuestas pudieron reconciliarse luego de tres años de desencuentros. En este tema fueron determinantes aspectos diplomáticos conocidos a través de diversas fuentes, como los Archivos Apostólicos Vaticanos (antes Archivos Secretos) donde se registraron las sesiones excepcionales que pidió el papa Pío XI durante su pontificado entre 1921 y 1938.
Ese papa reunió en cuatro ocasiones a sus cardenales más cercanos para dialogar sobre el tema del conflicto. Fue muy cercano al país y durante su pontificado escribió tres cartas pastorales sobre México; la primera fue la Iniquis Afflictisque sobre la vivencia de la persecución religiosa, y en 1932, cuando se repitió el acoso, hizo otra carta para llamar a los católicos mexicanos a la resistencia, esta vez no armada, sino pacífica. (Concluirá)

