El Ágora

  • El nacionalismo mexicano, nada liberal
  • Octavio Campos Ortiz

Clase Turista

La nueva escuela mexicana (sic) busca crear bisoña interpretación de la historia y se esfuerza en la construcción de ignotos personajes o de sucesos poco comprobables para redefinir un nacionalismo a modo. La narrativa oficial se aferra al rescate de las raíces prehispánicas y hacer ver a los aztecas -civilización anterior a los dinosaurios, según el tlatoani tabasqueño-, como inspiración de una raza casi cósmica -ni a Vasconcelos se le hubiera ocurrido-, fuente de un nacionalismo patriotero que debe ser impuesto. Los nuevos heraldos, con nombres y apellidos nada náhuatl, quieren perpetuar el mensaje de odio hacia los españoles y revivir el grito de “mueran los gachupines” o fuera gringos, sin recordar que a los aztecas los vencieron no los ochocientos soldados de Hernán Cortés, sino los vasallos y enemigos de los migrantes de Aztlán, conquistadores y exterminadores de las tierras dominadas por el imperio mexica.

Esa xenofobia encubierta de los nuevos vencedores, los que mal escriben o reinventan la historia, hace negar que quieren proclamaron la independencia del virreinato -no del rey Fernando VII-, fueron los criollos, que no renunciaban a su origen, pero necesitan a los indígenas y mestizos para la lucha armada. Nunca tuvimos una identidad nacional. Los aztecas eran unos invasores que huían de la opresión de pueblos más fuertes del occidente de la República. El hartazgo de los nuevos vasallos, razas indígenas igual que ellos, es lo que hizo triunfar al extremeño, quien curiosamente, junto con algunos frailes, hizo más por los nativos que los propios aztecas. Construyeron escuelas, hospitales y compartieron el conocimiento del Viejo Continente. Apelamos al concepto de soberanía, cuando el dominio de los hijos de Huitzilopochtli llegaba hasta Centroamérica.

Mal o bien, los verdaderos esfuerzos por darnos identidad nacional y fomentar el nacionalismo de todos los mexicanos, pobres y ricos, fueron figuras denostadas por la historia oficial en turno. Un emperador europeo, Maximiliano de Habsburgo, en 1864 (Héctor de Mauleón dixit) es quien salió por primera vez al balcón del entonces Palacio Imperial -no era la residencia del noble-, para repetir la arenga de Hidalgo y escuchar los ¡vivas! de los mexicanos arremolinados en la plaza del Zócalo, quienes solo estaban acostumbrados a una verbena popular. Correspondió a un “vende patrias”, Antonio López de Santa Anna, su Alteza Serenísima, convocar a un concurso para la composición del Himno Nacional en 1853. Nuestro himno fue interpretado por primera vez el 15 de septiembre de 1854, obvio en el Teatro que llevaba el nombre del héroe de Zempoala.

Muy liberales, muy republicanos, muy demócratas, pero con los gobiernos de la Reforma -como durante la intervención norteamericana-, entró en desuso la interpretación de la obra de Francisco González Bocanegra y Jaime Nunó. Fue Porfirio Díaz quien más alentó nuestro nacionalismo -a pesar de sus tendencias europeizantes-, el cual más honró la memoria de Benito Juárez. Durante el mandato del héroe de la Batalla del 2 de abril se rindieron el mayor número de homenajes al Benemérito, se construyó el hemiciclo a Juárez y se edificaron infinidad de estatuas y monumentos en todos los estados. El dictador mandó traer la Campana de Dolores en 1896 y la instaló en el balcón central del, ahora sí, Palacio Nacional. Correspondió al general oaxaqueño tañerla por primera vez en su nuevo sitio, donde los sucesivos gobernantes de México lo han replicado hasta la fecha. También durante su administración, se volvieron a entonar las estrofas del himno en actos oficiales. Además, instruyó el rescate de Jaime Nuño, quien se había auto exiliado en Búfalo, Nueva York, donde daba clases de canto. Aquí murió el hispano y sus restos están en la Rotonda de los Hombres Ilustres. La primera grabación del Himno Nacional fue ordenada por don Porfirio Díaz en 1901 en un estudio estadounidense e interpretada por un barítono español.

Ni Lázaro Cárdenas con la expropiación petrolera ni Adolfo López Mateos con la nacionalización de la industria eléctrica pudieron alentar tanto nuestro nacionalismo como esos héroes incomprendidos de la historia. Hoy se confunde nacionalismo con chauvinismo y amor patrio con actos patrioteros. No solo hemos perdido identidad, también valores cívicos que trastocan la democracia como forma cotidiana de vida. La gente no respeta a las instituciones porque no se ve representadas en ellas. Son comunes las escenas de falta de respeto a las autoridades: hay retención de servidores públicos, agresiones a policías y militares, quema de patrullas, rescate de infractores, vandalismo de edificios públicos. A los niños y jóvenes no se les inculcan valores cívicos porque en el sistema educativo no se imparte educación de calidad. Eso es consecuencia de los mismos gobiernos que invocan el respeto a la investidura gubernamental, pero no hacen respetar su imagen.

Los extranjeros, los vende patrias y dictadores eran más nacionalistas. Estábamos mejor, cuando estábamos peor.

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