Cónclave

  • La obsesión del presidente
  • Por Alejandro Rodríguez Cortés *
  • @AlexRdgz

 

 

Clase Turista

 

Desde que tuvo la certeza de que podría ser presidente de México, Andrés Manuel López Obrador no ocultó una insana obsesión por pasar a la historia como un héroe nacional.  Y, a explicación no pedida, lo confirmó en días pasados con la hipócrita súplica de que no le erijan monumentos ni bauticen calles o lugares con su nombre.

Muy diversos y contradictorios personajes han aparecido recurrentemente en su discurso, simplón y maniqueo desde que fue opositor y luego como mandatario en funciones. Honra a los emperadores aztecas y desprecia a los pueblos originarios oprimidos por la gran Tenochtitlán; pasa de citar al anticlerical Benito Juárez a evocar la figura de Jesucristo; recurre al ícono histórico de los curas insurgentes Hidalgo y Morelos para luego lapidar al consumador Iturbide; dice admirar a Madero, el más fifí de los revolucionarios mexicanos, y después emula sin mencionar su nombre a los populistas Echeverría y López Portillo; lapida a los tecnócratas pero mal aplica políticas y esquemas neoliberales.

El actual presidente pontifica a algunas de estas figuras para compararse, y crucifica a otras para redimirse; exalta virtudes para asumirlas como propias, pero se deslinda de la condición humana de errar y sucumbir; levanta altares y mausoleos ideológicos para después adoptar convenientemente supuestas coincidencias de heroísmo histórico.

“Primero los pobres” buscó convertirlo en pastor y redentor.  Por eso ha ignorado que es jefe de un Estado laico y aprovecha la fe popular para comparar su cruzada con la de Jesucristo, aún cuando su gobierno ha producido millones de nuevos mexicanos que sobreviven por debajo de la línea del bienestar mínimo.

El “viva” a los pueblos originarios es un recurso ramplón para mantener la simpatía de quienes todavía culpan de nuestras desgracias a la conquista española de hace 500 años, como si México hubiera existido cuando el perverso Hernán Cortés inició sin saberlo la construcción de una nueva nación que se gestó en 3 siglos de Colonia y que luego transitó por la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana.

AMLO sueña con ser el cuarto transformador, pero la propia historia es su lastre. Parece creer que Iberdrola es el monarca Carlos V; que los empresarios son los virreyes españoles; que sus opositores son Porfirio Díaz; que las clases medias somos herederas de Maximiliano y que él llegó para liberar de esos demonios al noble pueblo mexicano. No importa lo que haya pasado, ni el mestizaje, ni la travesía liberal (Krauze dixit), ni el desarrollo industrial, ni el desarrollo de una ciertamente desigual pero nueva sociedad mayoritariamente urbana. No importa la complejidad de un país como el nuestro inserto en un mundo globalizado.

El presidente de la República simplifica para aprovecharse y miente para justificarse. Ahora, ya en el poder, pretende emular a Simón Bolívar y nos vende el cuento de un liderazgo latinoamericano que apesta a las utopías setenteras. Hacia arriba, se somete primero a Donald Trump y simula enfrentarse al imperio de Joe Biden.  Hacia el sur ignora a Jair Bolsonaro pero le abre los brazos a Evo Morales, a Miguel Díaz Canel y hasta a Nicolás Maduro. A Daniel Ortega le concede el beneficio de la duda.

Ya no solo quiere ser héroe mexicano sino paladín de una nueva e impensable unidad en América Latina.  AMLO quiere trascender a como dé lugar y no hace más que hundirse en sus fracasos, incluida la cumbre de estos días, desairada por la mitad de los jefes de estado y de gobierno convocados y criticada por la presencia de dos de ellos.

No quiere pasar a la historia como un perdedor. Quizás por eso permite que le lancen “vivas” en el grito del 15 de septiembre: igual en Estambul que en Iztapalapa o Ensenada.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista