- Por Glen Rodrigo Magaña
Clase Turista
El reciente filme de Clint Bentley, Sueños de trenes (Estados Unidos, 2025), protagonizada por Joel Edgerton, es una obra que nos enseña cómo seguir viviendo y encontrar la belleza cuando se ha perdido todo. Basada en la famosa novela corta de Denis Johnson, la cinta cuenta la historia de Robert Grainier, un leñador que atraviesa el oeste americano de principios del siglo XX, la cinta despliega una narrativa sensorial donde entre la vastedad de los bosques de Washington se ciñe la fragilidad humana. La obra logra amalgamar la crudeza de la industria maderera con la prosa mística del autor de esta novela, Denis Johnson, explorando cómo un hombre, tras ver su vida reducida a cenizas, puede encontrar una forma sagrada de belleza en la desolación, en un quimérico relato sobre la resistencia.
El director Clint Bentley decidió filmar en los bosques profundos del estado de Washington y Idaho, con luz natural. Bentley quería que el bosque no fuera solo un fondo, sino un personaje más, tan hermoso como profundo, donde el humano enfrenta su existencia y su propia devastación. La adaptación del libro respeta la visión del autor Denis Johnson: “-Arn, ¿crees que… las cosas malas que hacemos nos persiguen? -No lo sé. He visto a hombres malos ensalzados y a hombres buenos de rodillas”.
La historia nos muestra la dura vida de los leñadores de aquella época, hombres fuertes que arriesgaban la vida a diario. Sin embargo, la película nos hace pensar en el costo de ese trabajo. Hay una sensación de culpa y tristeza al ver cómo derriban árboles gigantes con más de 500 años de antigüedad para convertirlos en madera para el ferrocarril. Es como si al cortar esos árboles antiguos, los personajes estuvieran rompiendo algo sagrado en el mundo y en ellos mismos, una herida que el protagonista lleva por dentro mientras ve cómo la modernidad empieza a destruir el paisaje salvaje que ama: “Por algún motivo, nunca me alegro de terminar un trabajo. Siento una especie de malestar. Porque es un trabajo duro. Para el cuerpo y para el alma. Talamos árboles que llevaban aquí 500 años. Eso te trastoca el alma, lo reconozcas o no”.
Visualmente, la película es impresionante pero sencilla. La dirección de arte y la fotografía evitan los trucos digitales para darnos imágenes que se pueden casi tocar: la textura de la madera, el barro, el fuego y la nieve. Las estaciones, narran desde la felicidad en primavera hasta la soledad invernal de Robert. El tratamiento cinematográfico se enfoca en los detalles pequeños, obligándonos a mirar el mundo con la misma atención y silencio que el protagonista, haciéndonos sentir el frío del bosque y el calor del fuego que lo cambia todo.
Joel Edgerton hace el mejor trabajo de su carrera interpretando a Robert Grainier, con una actuación introspectiva de forma magistral; no necesita gritar ni llorar a mares para que sintamos su dolor en el silencio. Escenas como con el viejo leñador, interpretado por William H. Macy, la película muestra sus mensajes. Este personaje sabio le enseña a Robert una lección vital: «Todo es bello». El viejo le hace ver que la belleza está en toda la experiencia de la vida, incluyendo el dolor, la muerte y el renacer.
La parte más conmovedora es cómo Robert reconstruye su vida después de que el incendio se lleva a su esposa e hija. No es una recuperación rápida; es lenta y solitaria. Hay una escena muy poderosa donde Robert se mira en un espejo por primera vez en diez años y se sorprende al ver su propio rostro envejecido, reconociendo que ha sobrevivido. Al final, aunque muere solo, logra sentirse parte de algo más grande, cuando vuela en una avioneta y ve el mundo desde arriba, cierra la historia con un sentimiento de paz, mostrándonos que ha aceptado su destino y que, a pesar de la tragedia y un nuevo mundo moderno que no logra entender, la vida sigue teniendo sentido y belleza: “Y bajo este cielo maravilloso, el valle negro, completamente quieto, el tren que lo recorre haciendo un gran ruido, pero incapaz de despertar a este mundo muerto”.

