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07 enero,2026

Las Guacamayas, un auténtico santuario natural en Puerto Vallarta

  • El corazón de la Sierra Madre oculta uno de los secretos mejor guardados del destino

Clase Turista

Para hablar del Santuario de las Guacamayas, primero hay que contar la historia de Francisco Espino Ibarra. Cuando era niño, Francisco fue por primera vez al lugar donde hoy se encuentra el santuario, pero en aquél entonces era todo lo opuesto. Aquella zona del ejido de Las Juntas y Los Veranos le provocó una profunda tristeza; cientos, quizás miles de árboles talados daban a aquél lugar un aire de desolación.

Los recursos madereros eran sobreexplotados por propios y extraños. El punto de inflexión fue cuando Francisco vio un árbol con un nido de guacamaya que había sido derribado sin ninguna consideración. Por supuesto, ya no quedaban aves con vida dentro de él. Fue ahí cuando decidió convertirse en su guardián.

Siendo descendiente de uno de los miembros fundadores del ejido, solicitó a la asamblea de la agrupación se le concedieran aquellos terrenos para construir una cabaña y cuidarlos. Así, en 2006, nació el Santuario de las Guacamayas, un espacio consagrado a la conservación de la guacamaya verde mexicana (Ara militaris) en su hábitat natural.

Desde entonces, Francisco y sus hijos Jesús Adrián y Jorge Yamil dedican su vida a esta noble labor. Suben a lo alto de los árboles para colocar nidos de madera fabricados por ellos mismos que faciliten la reproducción de la especie. También colocan láminas metálicas alrededor del tronco de los árboles para evitar que los grandes felinos de la región –como ocelotes y pumas– trepen y depreden los nidos.

Para estudiar mejor los hábitos de las guacamayas y las técnicas de caza de los depredadores, colocan cámaras fotográficas ocultas en pequeñas jaulas que se activan al detectar movimiento. Así, descubrieron que el halcón selvático de collar podía introducirse a los nidos para saquearlos, por lo cual redujeron el orificio de entrada logrando evitar que esto sucediera.

Hoy, sus esfuerzos están dando frutos. En vida silvestre, los polluelos de guacamaya verde tienen un promedio de supervivencia de solo 16%; dentro del santuario, ese porcentaje se elevó a casi 50% en 2024, cuando 14 crías consiguieron volar del nido. Este año hay 29 polluelos en 19 nidos, por lo que se podría superar la tasa de supervivencia del año anterior.

Su labor se sostiene con las contribuciones de los visitantes y la ayuda de benefactores interesados en auspiciar el santuario. Una de las mejores formas de conocerlo es con Authentik Tours, una de las empresas de tours que opera apoyando al santuario. Esta agencia promueve el turismo de impacto positivo; además de observar a las guacamayas a distancia sin invadir su espacio y con el mayor sigilo posible para no alterar su ánimo, se encargan de brindar información valiosa que despierte consciencias a lo largo del recorrido.

Decía el Dr. Juan Luis Cifuentes Lemus –Doctor Honoris Causa y Maestro Emérito del Centro Universitario de la Costa, quien durante su vida abanderó importantes proyectos para la conservación de especies en la región– que “lo que se conoce, se quiere; y lo que se quiere, se cuida”.

Al visitar el santuario, se pueden conocer datos asombrosos, como que las guacamayas son monógamas, es decir, eligen una pareja de por vida y si ésta fallece, no vuelven a tener pareja durante años. Ellas forman un hogar con el amor de su vida, viviendo en familia con sus crías hasta que estas alcanzan la madurez reproductiva (generalmente de dos a cuatro años). Otra similitud con nosotros es la esperanza de vida, que es de sesenta a cien años en promedio.

Hasta la fecha, esta especie se encuentra en peligro de extinción por el tráfico ilegal y la pérdida de hábitat, por lo que la labor de Francisco y su familia es invaluable. Ellos no sólo protegen a las guacamayas, sino a todo el ecosistema; con ayuda de voluntarios, en los últimos dos años han plantado 11,500 pinos para reforestar la zona.

El Santuario de las Guacamayas es un verdadero remanso de paz. En sus inmediaciones no se escucha otro sonido que el potente graznido de las guacamayas. Cuando están calladas, el lugar queda en el más absoluto silencio, transmitiendo una sensación de calma y quietud sin igual; un encuentro con uno mismo y con la naturaleza en su estado más puro.

De nueva cuenta, Puerto Vallarta y su gente demuestran un profundo compromiso con la sostenibilidad del medio ambiente, reconociendo el valor de todo lo que cohabita en el destino y sumando esfuerzos para rescatar y proteger su mayor tesoro: la biodiversidad.

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