- A propósito del Día Internacional de los Escritores
- Por José Antonio Aspiros Villagómez
Clase Turista
El 3 de marzo se celebró el Día Internacional de los Escritores (y de las escritoras, por favor) y, al parecer, quienes formamos filas dentro de la Academia Nacional de Historia y Geografía (ANHG), no estábamos enterados de esa fecha.
Así lo deduje tras una tarde de conversaciones al respecto vía WhatsApp con vario(a)s colegas académico(a)s, que derivaron en una serie de testimonios, inquietudes, propuestas y expectativas.
Apenado por no conocer o no recordar esa celebración, me puse a buscar en libros y sitios web, donde encontré que ese Día Internacional de los Escritores fue creado hace ya largos 40 años por el Pen Club Internacional, y no para rendir homenaje a autor alguno del pasado, sino para destacar los aportes sociales de quienes viven de escribir y para defender su derecho a la libertad de expresión.
De esa manera, aquellos que dedican su existencia a escribir novelas, poesía, ensayos, biografías, tratados, crónicas, reportajes, artículos, columnas, guiones para cine y teatro, traducciones y otros géneros, son escritores a los que el Pen Club dedicó esta celebración. Sólo excluye a quienes escriben en cuaderno pautado (notas musicales).
En mi caso, aun cuando me he dedicado a hacer artículos, reportajes, crónicas y algunos libros desde 1960, salvo mejor opinión estoy lejos de considerarme escritor. Es cierto que viví de escribir, o redactar, que es el camino del periodismo (no el hablado) para llegar al público, pero siempre he sentido respeto y en pocos casos admiración por los escritores verdaderamente profesionales, y por eso entre 2005 y 2024 me identifiqué en mis textos como “el tecleador”.
Nada original, porque otros colegas también se han presentado como tecleadores, y es porque el contacto de nuestros dedos con las teclas, es la forma como nuestro cerebro materializa su dictado para llegar al producto final: los textos. Mi primera plática en público, hace poco más de medio siglo, se tituló “La máquina de escribir como vocación”.
La charla (o ‘chat’, pero eso no es del español) en la ANHG comenzó cuando intencionadamente cuestioné a quienes dicen ser escritores, sin serlo, así hayan publicado libros ocasionalmente. Tal vez eso parezca ser una discusión bizantina y en parte lo sea, pero desde otro enfoque -el académico, por cierto- es un tema del que se han ocupado no pocos tratadistas y ha hecho enojar a quienes defienden su lugar como verdaderos escritores, frente a los intrusos.
En su famoso Diccionario de uso del español, María Moliner dedica solamente tres líneas a mencionar tres acepciones de la palabra ‘escritor’ (“persona que escribe obras científicas o literarias”, es una de ellas), consagra alrededor de una página al verbo ‘escribir’ y ni un renglón a ‘tecleador’, pero sí a ‘teclista’: “persona que se dedica profesionalmente a teclear (escribir mediante teclado)”. El Diccionario de la Real Academia Española no va más lejos en sus definiciones.
Martín Alonso no se detiene en el aspecto lexicográfico de esos términos en su obra Ciencia del lenguaje y arte del estilo, aunque sí aclara que “el escritor consciente de lo que redacta ha de conceder gran importancia al dominio y renovación de su léxico”. Y considera que “la vocación de escritor es la conciencia de una aptitud determinada para hacer gozar a otros las bellezas literarias”.
Esa aptitud, entiendo, se refiere al estilo y la técnica propias de cada autor. Porque “no es signo de disposición literaria (…) la desmedida afición a emborronar cuartillas o a escribir ringleras de versos”, sentenció el que fuera doctor en filosofía y letras en su obra, que data de 1947 y por ello se explica su hoy reprobable referencia a la mujer escritora: “la mujer que escribe (..) tiene que servirse de un instrumento hecho por hombres y para hombres… En lo que la mujer sobresale como gran escritora es en las cartas privadas, donde la forma y el estilo son más domésticos…”.
Por supuesto que el Pen Club Internacional, un organismo fundado en Londres en 1921 y que agrupa a gente de letras y periodismo, al establecer en su congreso de 1986 el Día Internacional de los Escritores consideró lo mismo a mujeres y hombres dedicados a tal disciplina, y lo hizo, dicen mis fuentes, para defender la libertad de expresión, proteger a autores perseguidos o exiliados, e impulsar los derechos lingüísticos.
Es de recordar que hubo épocas en que los escritores fueron acosados, y no digamos los periodistas, cuyos asesinatos en represalia por lo que escribieron, o para que no lo escribieran como en el caso de Manuel Buendía, llenan una larga lista, de manera destacada en México.
Salman Rushdie es otro ejemplo de persecución, su libro Los versos satánicos, aparecido en 1988, fue prohibido en varios países islámicos y el ayatolá iraní, Jomeini, lo condenó a muerte y ofreció cinco millones de dólares por su cabeza.
También los libros mismos han sido objeto de prohibiciones, destrucción y castigos a sus autores y lectores; la lista es muy larga y se encuentra en amplios estudios, entre los que recomiendo leer Historia universal de la destrucción de los libros, del experto venezolano Fernando Báez.
En 1986, cuando inició la celebración del Día Internacional de los Escritores, el entonces subsecretario de Cultura de México, Martín Reyes Vaysade, opinó que los regímenes que censuran, proscriben o queman libros, son los mismos que pisotean los derechos humanos, organizan guerras y establecen hornos crematorios. Tienen miedo a los libros, porque son un instrumento de liberación.
Poco ha cambiado. La escritura con libertad no cesa, la censura tampoco.
–
José Antonio Aspiros Villagómez
Licenciado en Periodismo
Cédula profesional 8116108 SEP
antonio.aspiros@gmail.com

