La costumbre del poder

  • Lenguaje y política en Meade
  • Por Gregorio Ortega Molina

 

Clase Turista

*Intuye o sabe el precandidato priista que hay una enorme brecha entre el nuevo modelo económico que está en proceso de ensamblaje, y un presidencialismo desarticulado por él mismo, al disminuirse en su actividad económica y en su presencia política al desaparecer los sectores, para cambiarlos por los poderes fácticos

¿A qué aspira José Antonio Meade? De dientes para afuera, al poder. ¿Para hacer qué? Aquí está la incógnita, creo que ni Hércules Poirot, ni Édgar El Zurdo Mendieta, ni Charlie Parker juntos podrán indicarnos una pista antes de que el precandidato del PRI tome algunas decisiones estrictamente políticas.

Lo que muestra hasta hoy es cierto candor político, lo que dice mucho de su verdadera expertise en administración pública, en asuntos financieros y económicos, de su honestidad intelectual y su honradez. Pero del tejemaneje para el control de la voluntad de las mayorías, nada.

Allí está esa declaración a los priistas que Reforma dio como nota principal el martes 28 de noviembre: “Háganme suyo”. Las redes sociales y los opositores al partido gobernante le perdonaron la vida. ¿En cuántas novelas, películas y obras de teatro no hemos escuchado a una apasionada mujer que dice a su galán: Hazme tuya ya, ahora, tómame?

La palabra en política -a pesar de la perversión a que la han sometido, tanto en el contexto en que la pronuncian como en el significado que desean imprimirle- debe ser inequívoca; cada uno de los potenciales electores debe percibir, sentir que el mensaje, la idea, está dirigida a él o ella en lo personal. Si el deseo es el triunfo sin “mano negra”, el discurso político debe prescindir de la diatriba, de la adjetivación, para centrarse en la propuesta de lo que es realizable, de lo que anhelan los mexicanos que cambie.

No pecamos de ingenuidad, Meade es candidato por dos razones: sumar voluntades para derrotar a AMLO, y garantizar con el triunfo la continuidad de la transformación de lo que fue el proyecto económico de la Revolución. Les falta liquidar lo que queda del Estado de bienestar.

Pero, y aquí está parte de la respuesta que ha de despejar la solución de la incógnita: intuye o sabe José Antonio Meade que hay una enorme brecha entre el nuevo modelo económico que está en proceso de ensamblaje, y un presidencialismo desarticulado por él mismo, al disminuirse en su actividad económica y en su presencia política al desaparecer los sectores, para cambiarlos por los poderes fácticos.

Así como tuvieron el empuje para proponer un proyecto económico diferente y globalizador, para que éste funcione deben conceptuar e impulsar la reforma del Estado, porque de otra manera los prometidos beneficios que aportarán las reformas estructurales, incluida la transmutación del artículo 123 en outsorcing y el 130 en política de extrema derecha, serán un mito genial para los mexicanos de a pie, pero un venero del diablo para los 300 y algunos más.

Meade debe evitar que lo acoten, que le impongan técnico de imagen, redactores de discursos, debe preservar su propio lenguaje y aprender a eludir ciertos términos que en política son equívocos, como el háganme suyo.

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