Navidad en el Museo – III*

  • Diez mil millones, valor de una de las piezas robadas
  • Por José Antonio Aspiros Villagómez

(No sólo nos quejemos; hagamos algo)

 

Clase Turista

El pectoral con forma de máscara, del Dios Murciélago, era la pieza más antigua (450 d.C.) de las que habrían de ser robadas del Museo Nacional de Antropología (MNA) y se le relaciona con la noche o el inframundo, lo mismo que con la fertilidad. Su hallazgo tuvo lugar en una tumba de Monte Albán, en 1946, durante una de las etapas de excavaciones en ese lugar.
En aquella Navidad de 1985, la figura fue sacada del capelo número 6 de la Sala Oaxaca y, satisfechas las ambiciones de los bandidos Carlos Perches y Ramón Sardina en ese lugar, regresaron al patio interior, avanzaron hasta la sala de la Cultura Mexica y entraron con gran facilidad.
Esta es la sala central del Museo, y también la principal. De unos 2,500 metros cuadrados de superficie, allí se reúnen los tesoros de la civilización con mayor importancia política en el México precortesiano. El sitio de honor está ocupado por la majestuosa Piedra del Sol y, en un ambiente sobrio y solemne, también destacan los monolitos que representan a Coatlicue -de apariencia no muy agradable-, Coyolxauhqui, la Piedra de Tizoc, todos los personajes de la mitología mexica, numerosas serpientes y el Coyote Emplumado (o rizado, según Salvador Novo), robado del anterior Museo en los años 60 y devuelto al consulado de México en San Antonio, Texas, en un hurto por el que entonces renunciaron a sus cargos el director del Museo y el del propio Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Eusebio Dávalos Hurtado.
Pero una vez más, los ladrones iban por un botín diferente. De un sitio así no es posible sacar fácilmente uno de esos colosos de piedra, y sí en cambio una pequeña figura de 15 centímetros de ancho por 14 de alto y 16.5 de espesor en sus dimensiones máximas. Ese era el objetivo, alcanzado con éxito: llevarse esa pieza de obsidiana que es considerada como un logro de abstracción, pues representa a un mono que carga una vasija que es su propio cuerpo, con un mecapal que es su propia cola.
Sin duda, la figura más valiosa de todo el botín. Es un alarde de pericia técnica, ya que el vidrio llamado obsidiana es difícil de trabajar por su dureza, y a la vez es frágil. Hay que imaginar lo que su autor, un artista texcocano, puso de paciencia, sensibilidad y cuidado, hace más de 500 años, para tallar y pulir en una pieza de dicho material aquel mono, sin la ayuda de herramientas metálicas, que no se conocían.
Ejemplo máximo y único de lo que eran capaces de elaborar los trabajadores lapidarios precortesianos, esta vasija fue cuidadosamente envuelta por los bandidos y guardada. Estaban tomando casi sacrílegamente, una pieza que habría de ser valorada extraoficialmente en diez mil millones de pesos por el curador Felipe Solís Olguín, del propio Museo atracado. (Años después una réplica de la figura, tal vez hecha con molde, se vendía en diez mil pesos en la tienda del propio MNA).
Se trataba de un objeto que los ladrones debieron haber supuesto que difícilmente podrían vender en cualquier lugar civilizado del mundo, pero que en cambio resultaba ideal para los pretendidos ritos idolátricos, ya que por su coloración negra, la obsidiana está íntimamente relacionada con Tezcatlipoca, un dios de la guerra.
No conformes con tan preciado tesoro, sustraído de su pedestal de mármol, los dos sujetos todavía tomaron otro objeto de piedra verde, de 10 centímetros de alto y con valor comercial de unos 30 millones de pesos, cuya cara representa la vida y la muerte.
Luego vieron su reloj: había que marcharse. Aunque el rondín policial en ningún momento se hizo, no querían correr el riesgo de ser descubiertos por exceso de confianza. Era posible que hubieran ido no sólo armados, sino dispuestos a liquidar a quien se interpusiera. Claro, si ello fuera necesario, pues también sabían que los escasos vigilantes del museo más importante de México y seguramente de América latina, sólo disponían de unas macanas.
De manera que dejaron la Sala Mexica y cruzaron una vez más el patio hasta la Maya, para salir del edificio por donde habían entrado. Afuera abordaron su VW, que los llevó a la casa de uno de los ladrones por el rumbo de Ciudad Satélite, a muy pocos kilómetros del Museo.
Allí escondieron en un closet su impresionante botín: miles de millones de pesos en una bolsa y un maletín; 140 piezas representativas de las más elevadas expresiones artísticas y culturales de los pueblos prehispánicos.
Aquella mañana de la Navidad de 1985, la actividad en la urbe era mínima. Además de que hacía frío, la mayoría de los capitalinos dormían tras la desvelada la noche anterior. Los policías del Museo Nacional de Antropología, entre bostezos y estirones de brazos se dispusieron a ser relevados por el personal de “vigilancia” del siguiente turno, y en algún momento del cambio de estafeta se dieron cuenta de lo ocurrido. (Continuará)
*La versión original de este texto fue publicada en la revista bimestral En Todamérica, en 1989. (El autor publicó en 1987 los libros El gran reportaje de los mayas (Editorial Posada, tres ediciones) y Los dioses secuestrados. Saqueo arqueológico en México (Sedena). Ambos, agotados.

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