Navidad en el Museo–I*

  • Así fue el robo al Museo de Antropología hace 30 años
  • Por José Antonio Aspiros Villagómez

En recuerdo de mi tío Rafael Villagómez González, en su trigésimo aniversario luctuoso (27 XII 85)

 


Clase Turista

La Noche Buena de 1985 -hace ahora 30 años- iba a ser, para los habitantes de la Ciudad de México, un tanto amarga. Tres meses antes habían sepultado a sus muertos, víctimas del terremoto del 19 de septiembre, y todavía estaba fresca la dolorosa herida abierta por esa tragedia.
Como todos los años, sin embargo, la avenida Paseo de la Reforma estaba iluminada en un amplio tramo por miles de focos de colores pero, más al poniente, sólo el alumbrado público normal interrumpía la oscuridad del silencioso y milenario bosque de Chapultepec.
En el Museo Nacional de Antropología (MNA), enclavado en la zona, siete elementos de la Policía Bancaria e Industrial y un bombero estaban de guardia y, como parte de sus obligaciones, debían recorrer cada dos horas los 15 mil metros cuadrados que tienen las entonces 26 salas de exhibición, para comprobar que todo estuviera en orden.
Pero como sus relojes marcadores estaban descompuestos y además iban a celebrar la Navidad, o a dormir, es probable que tales rondas no se hayan llevado a cabo, lo cual facilitó el trabajo de Carlos Perches Treviño y Ramón Sardina García, dos estudiantes que desde meses atrás habían venido planeando robar el que André Malraux llamó “el museo más bello del mundo”.
Posiblemente, como indicaron algunas versiones después, los bandidos habían sido convencidos de cometer el pillaje por un narcotraficante de apellido Serrano que deseaba piezas del mundo prehispánico, previamente seleccionadas, para usarlas en ritos idolátricos.
Cualquiera que haya sido el móvil, lo cierto es que en la madrugada del día 25 ambos sujetos llegaron al Museo en un VW, saltaron la reja de dos metros de alto rematada con puntas sobre el Paseo de la Reforma, y entraron antes de que pasara la patrulla que, según la Delegación Miguel Hidalgo, recorría por las noches todos los museos instalados dentro de Chapultepec.
Ya sabían los bandidos que cerca de una réplica del edificio maya Hochob, de Campeche, estaba sin cerradura una compuerta del sistema de aire acondicionado, al parecer en proceso de reparación, y que las chapas de las puertas que hallaran a su paso, estaban descompuestas. Así, llegaron fácilmente al sótano y luego subieron a la Sala Maya. Ésta es majestuosa por su altura, por los numerosos dinteles y estelas que exhibe, por el gran mural que muestra aspectos de la vida cotidiana de los mayas, porque desde sus enormes puertas de cristal se ve la reproducción a escala natural y de su ambiente selvático, de los templos de Hochob y Bonampak, y de una estela de Quiriguá, todos ellos de más de mil años de antigüedad.
Pero a Perches y Sardina no les interesaban los tesoros arquitectónicos y escultóricos. Iban por una serie de pequeñas y valiosas piezas que ya tenían ubicadas previamente, de manera que avanzaron sin vacilación hasta la vitrina número 10, quitaron con relativa facilidad el cristal, sabedores de que no había sistema de alarmas, sustrajeron 28 de los 30 objetos que allí había y los depositaron con todo cuidado en la bolsa que llevaban junto con un maletín.
Con inaudita sangre fría, los hampones estaban, simultáneamente, rompiendo el discurso museográfico, hiriendo el orgullo del pueblo mexicano y cometiendo el segundo robo que sufrían las piezas que, durante alrededor de medio milenio, reposaron en el fondo del cenote sagrado de Chichén-Itzá.
En efecto, entre las figuras que estaban siendo arrancadas de su nueva morada dentro del Museo, todas del periodo posclásico maya (889 a 1697 d.C., según Sylvanus G. Morley),destacaban cuantitativamente objetos de oro, laminado o fundido, producto de las exploraciones que hizo en el cenote, en la primera década del siglo XX, el cónsul estadunidense Edward Herbert Thompson.
Este investigador sacó más de cuatro mil piezas de oro, cobre, jade, tumbago, copal, pedernal, obsidiana y textiles, pero no encontró las grandes cantidades de metal precioso que esperaba y que, según había leído en un libro del obispo Diego de Landa (el que quemaba libros), constituía la mayor parte del tesoro áureo de los nativos.
Sin embargo, Thompson envió una buena cantidad del botín al museo Peabody, para el cual trabajaba. Y las laminillas zoomorfas y antropomorfas de oro repujado, así como las piezas de oro fundido que llegaron de América central hasta el cenote por medio del comercio, y que fueron a parar a la maleta de los ladrones del MNA, habrían sido lo único que se recuperó de aquel saqueo.
Pero había algo más dentro de la vitrina 10, de gran atractivo. (Continuará)


*La versión original de este texto fue publicada en la revista bimestral En Todamérica, en 1989. (El autor publicó en 1987 los libros El gran reportaje de los mayas (Editorial Posada, tres ediciones) y Los dioses secuestrados. Saqueo arqueológico en México (Sedena). Agotados, ambos.

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